En busca de la felicidad

La FELICIDAD… esa palabra en boca de todo el mundo, convertida en objetivo de vida universal, como si fuera una estación a la que llegar y en la que poder mantenerse eternamente como premio de vida… parece una idea muy romántica y utópica y, como todo lo romántico y utópico, irreal y con capacidad para producir dolor. Sí, justo lo contrario que entendemos por “felicidad”.

Vamos a destripar unos cuantos mitos con respecto a esta idea:

    • Para empezar, la felicidad no es algo externo a nosotrxs mismxs, algo con identidad propia que se pueda poseer, perder, romper, comprar, regalar,… Cada unx encuentra la felicidad en sí mismx, en lo que le gusta, en lo que le hace sentir bien y no todo el mundo tiene una misma percepción de ella.

    • La felicidad tampoco es un estado. No es algo permanente. Se divide en pequeños momentos y es la cantidad de estos la que nos da esa percepción de felicidad o de falta de ella.

    • Tampoco es algo con lo que obsesionarse. No hacemos las cosas para sentir felicidad, sino que las vivencias nos la pueden otorgar.

    • No podemos entender la felicidad como un premio. La vida no entiende de “justicia”, se trata de un constructo humano. Las personas somos quienes decidimos y aplicamos la justicia…la vida, el universo, el destino, Dios…(como lo entienda cada unx) no nos debe nada.

¿Qué podemos hacer entonces para favorecer emociones felices y de bienestar? Algunas claves:

  • No obsesionarse con alcanzar una felicidad plena.

  • Aprender a disfrutar de las pequeñas cosas que nos rodean, eliminando el piloto automático con el que nos movemos y detenernos en los detalles, en las sensaciones de la cotidianidad.

  • Escuchar nuestro cuerpo y nuestra mente y ser respetuosos con nosotrxs mismxs (esta es una idea que me oiréis decir constantemente, pero….es que ¡es tan importante…!). ¿Qué queremos?, ¿qué necesitamos?, hablarnos con respeto y cariño, premiarnos de vez en cuando, poner límites, programar actividades placenteras, y todo aquello que se nos ocurra para cuidarnos.

  • Trabajar la relación que tenemos con nuestras emociones. Escucharlas, darles cabida, permitirnos expresarlas y buscar la necesidad que hay detrás de cada una de ellas. No pasa nada por sentirnos mal a veces. Es humano, forma parte de nuestra relación con el mundo que nos rodea, nos permiten crecer, aprender y evolucionar.

  • Aprender a relativizar. Los pensamientos absolutistas y catastrofistas tienen mucha fuerza y repercusión inicial, pero se suelen derrumbar relativamente fácil si se les pone a prueba. ¿Cuánta verdad hay en ese pensamiento o idea?, ¿qué pruebas tengo?, ¿qué es lo peor que podría pasar si ese pensamiento se materializara?, ¿he superado situaciones parecidas con anterioridad?… Esta es una manera de ponernos en duda y no creer todo lo que nos decimos, sobre todo si lo que nos contamos nos produce dolor o malestar.

  • Alejarte (si es posible y no provoca un mal mayor) de lo que te produce insatisfacción y acercarte a esas personas, cosas y lugares, si es posible, que te reconfortan, te calman y te cargan las pilas.

No quiero decir que sea fácil. Hay momentos en los que estas situaciones tan cercanas ni siquiera las vemos y no encontramos la salida, pero se trata más de un acercamiento paulatino, donde poco a poco ir cogiendo estos hábitos y convertirlos en rutinas, en formas naturales de relacionarnos con nuestro entorno y con nosotrxs mismxs.

Escrito por: Inma Ríos (psicóloga, sexóloga y terapeuta de pareja)

Imagen: Pixabay

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