Discutir delante de los hijos

Los padres somos los principales cuidadores y educadores de los niños, por lo que nuestra forma de tratarlos, de hablarles, de enseñarles y de respetarles les dotarán de unas habilidades sociales, personales y de afrontamiento características que, junto a otras influencias externas al hogar familiar, irán conformando su personalidad.

Nos solemos preocupar de cómo hablarles, como corregir sus conductas negativas, como mostrarles nuestro cariño, etc, pero nuestro modelado va más allá. Ellos nos ven actuar con otras personas, cuando no estamos tan pendientes del ejemplo que les podemos estar dando y es ahí donde están recibiendo el aprendizaje más detallado.

Si unos padres suelen relacionarse de forma poco asertiva delante de sus hijos, estos adquirirán esos mismos modelos relacionales y los percibirán como adecuados. Si mis padres, que se quieren y yo quiero, se chillan a la hora de pedirse las cosas, se insultan, se desprecian, se ignoran o incluso se golpean es que está bien y la forma correcta de hacerlo es así como ellos hacen. De este modo el niño aprende esas conductas y les da un valor positivo. Si se mantienen en el tiempo, ese niño acabará normalizándolas y, aunque se de cuenta de que no dan buenos resultados, se habrá acostumbrado a ejecutarlas y, muy probablemente, no conocerá ningún modo alternativo de actuar.

Cuando además las discusiones son ocasionadas por la forma de educarlos, pueden generar en ellos sentimientos de culpa y un estrés que en nada les ayudará a aprender ninguna lección.

¿Quiere decir esto que nunca deberían presenciar los niños discusiones o malentendidos de sus padres? La respuesta es no. Intentar que los hijos queden al margen de todo atisbo de malestar les puede privar de grandes aprendizajes. Lo importante es poner en práctica unas habilidades adecuadas a la hora de discutir (escucha activa, empatía, asertividad, aceptación de críticas, expresión emocional,…) No sólo por el ejemplo que se les vaya a dar, sino por lo beneficioso que es para la relación, mostrándose respeto y amor hasta en las diferencias. De este modo aumentamos la tolerancia a la frustración de los niños, ya que se verán capaces de superar desencuentros futuros y no los percibirán como una batalla, sino como una forma más de comunicación para llegar al acuerdo.

Esto resulta más fácil decirlo que llevarlo a cabo, más aún si ya se tienen malos hábitos adquiridos, pero, del mismo modo que se adquirieron los malos, se pueden adquirir los buenos y reemplazarlos mediante su práctica consciente.

Escrito por: Inma Ríos (psicóloga perinatal, sexóloga, terapeuta de pareja y adicciones)

Foto: Pixabay.

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